Hay muchos motivos por los que pasarse a Linux. Yo me harté de tener que tirar de la mula para poder tener programas decentes o aguantarme con versiones beta, con publicidad o con spyware pero después de un año con Ubuntu un problema en mi disco duro me devolvió a Güindos.

Ay! ¡Menuda caida!

Tener un sólo escritorio,

no poder presentar todas las ventanas abiertas con un sólo movimiento de ratón,

Aguantarme con el estilo visual, como mucho cambiar los colores

Tener que buscar, descargar e instalar manualmente todos los programas que necesito y reiniciar el ordenador cada vez,

Esperar, esperar y esperar porque mi microprocesador no puede gestionar tantas aplicaciones simultáneamente cuando estoy en güindos…

La oscuridad terminó y he vuelto a mi ubuntu. Donde las ventanas se alinean con un click, donde se apartan suavemente, ondulandose, donde dispongo de espacio suficiente como para colocar cada aplicación en un escritorio distinto y no mezclar temas.

Mi Ubuntu que no sólo es mío porque está en mi ordenador sino porque puedo hacer con él lo que quiera, empezando por cambiarle los iconos, la forma y colores de las ventanas, las aplicaciones que se ejecutan y todo lo que me plazca. Un espacio mío que aprovecha de tal manera los recursos de mi ordenador que ya no necesito subir la ram ni comprarme una nueva tarjeta gráfica y donde instalar o desinstalar un programa es tan sencillo como escribir una breve línea en una terminal y ejecutarlo a continuación…

No, francamente, quien prueba la libertad no soporta luego que le encierren entre cuatro paredes.