Caminar o llegar

Subiendo al castillo de Jaén

La mayor parte de las personas que conozco caminan para llegar a algún sitio. Algunos no tienen clara la meta pero se hacen una idea de lo que quieren.

Yo pertenezco a esa pequeña parte de la humanidad que disfruta del camino. Deben de ser las huellas de la mochila en mi espalda, las marcas de las botas recias en la planta de mis pies o el cuello sin broncear por el porte de la pañoleta, lo cierto es que al igual que las impresionantes rutas de mis tiempos de scout, lo que más aprecio de la vida y de mis proyectos personales es el camino.

No le tengo ningún aprecio a los teleféricos, la satisfacción de llegar a la cumbre se pierde si no lo haces sudando, con dolor de pies, mapa en mano y apoyando tu cansancio en un bordón. ¿Acaso no es más tentador enfrentarse a la montaña, descubrir sus rincones, buscar la manera de vencer sus escarpadas laderas que ascender sentado sin llegar a conocerla?

“C’est le temps que tu as perdu pour ta rose, qui fait ta rose si importante”

Le dijo el zorro al Principito.

Yo tampoco aprecio los éxitos si no suponen una conquista, vencer el miedo o el desconocimiento, aprender a derrotar lo desconocido con el aprendizaje de nuevas herramientas y sobre todo ser capaz de superar los baches, los muros, los supuestos imposibles.

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