CuentosParaNoPubliCarlos Nº8: Los Tentáculos del Sol

los tentáculos del Sol

CUENTOSPARANOPUBLICARLOS Nº8

Una casa en una colina, junto al mar, de amplios ventanales. Es la casa del Rey, y de su hija pequeña. Yo soy el mago, un viejo gris de barba blanca e innata energía. Alrededor de la colina se extiende la ciudad.
Anochece, estoy en el balcón de la casa y miro preocupado el juego de colores que el ocaso nunca ha producido. Veo en el horizonte al sol envuelto por unos tentáculos de luz y yo sé que algo maligno se esta apoderando de nuestra tierra. Desde su balcón el Rey me pregunta que pasa. De las nubes surge una sombra, pasa rozando el tejado y trata de lanzar sus hechizos sobre la hija del rey que duerme.

El Rey me grita:
– Haz algo, viejo brujo.- Yo levanto mi bastón y creo una barrera alrededor de la casa. Nada puede hacer el demonio alado.
El Rey entra dentro a acostarse, mas tranquilo. Yo miro el horizonte, sé que esto no ha acabado.

Veo hordas de orcos saliendo del enloquecido sol, entre ellos reconozco varios hechiceros. Cada uno va gritando una parte de un poderoso hechizo, incapaces por si solos de provocarlo. De pronto la colina que mantiene la ciudad se convierte en barro y con un silencio sepulcral todas las casas van aplastándose en la playa. Siento la mente que se esconde tras el demoníaco anochecer. Ella trata de provocarme pero sé que estoy más allá de su poder. Dejo la ventana para ir yo también a acostarme, el hechizo protector que rodea la casa no deja pasar los hechizos.

Ni a la mente maligna.
Ni a los orcos.
Ni a sus hechiceros.
Ni a los monstruos que salen del sol.
Ni a los demonios, ni siquiera las brujas pueden hacerlo.
Sólo Ham-Arat puede cruzarlo.

Del mar van saliendo poco a poco. Son orcos, sí. Pero no son como los anteriores. Visten de otra forma, casi todo de verde y cobre. No son más grandes, pero sus ojos brillan con una inteligencia que no tienen los demás. No es esa una mirada maligna, es más, su expresión es de una serenidad que no pertenece a este mundo sino a otro más antiguo.
Son los Ham-Arat, el pueblo mágico orco. El que cruza los hechizos, el que está por encima de mi magia pero no por encima de mi espada. Yo también estoy por encima de su magia pero su espada puede matarme.

Suben la colina y penetran en la casa en silencio. Sin un ruido abren las puertas buscando a la hija del Rey. Pero yo me despierto y aviso al resto
de la casa. Salimos colina arriba pero entonces la hija del Rey trata de recuperar su mascota. Este, un animal sin definir de largas lanas y más alto que un caballo, huye asustado de los Ham-Arat a través del bosquecillo que domina la colina. Yo retrocedo para defenderla, el Rey ya anda lejos, pero un orco la alcanza y consigue herirla con su magia. Pero yo reacciono y cerrando el puño me la llevo a un lugar alejado de la mente maligna que trata de exterminarnos. Luego huyo bajando la colina por la otra vertiente.

Voy a necesitar varios ingredientes para salvar a la hija del Rey.
Tengo unas hojas de Malperdisco.
Y raíces de Lonperdó.
Y cuello de Marmotillo.
Y lanzada de Cardajo.
Pero necesito encontrar una flor de Luminaria.
Y sólo puedo encontrarla en la cueva que se abre paso en las entrañas de la colina. Cuando alcanzo la arena noto que un orco Ham-Arat me sigue, no es muy grande y puedo darme cuenta que subestima mi capacidad de lucha. Corre tras de mi sonriendo, sabe que me va a alcanzar antes o después. Pero lo que el joven e inmaduro orco ignora es que sé defenderme. Sigo corriendo sin pensar demasiado en el orco. En mi mente sólo esta la flor que busco para el contra hechizo. Mis botas levantan la arena que cubre el suelo de la cueva. Giro en sus pasadizos cada vez más pequeños, siento como el orco se acerca y sólo entonces pienso en librarme de él. Tras un recodo se levanta una pared y en ella una puerta. Tras pasar por ella la cierro violentamente a sabiendas que el orco tendrá que pararse para abrirla, en la siguiente puerta hago lo mismo pero esta vez me quedo detrás. El orco abre la primera puerta y se precipita contra la otra. La abre un poco pero yo vuelvo a empujarla.
El Ham-Arat se ríe y aplasta de nuevo su hombro contra la madera que nos separa, yo aguanto el golpe y vuelvo a cerrar la puerta. Seis veces golpea con su fornido hombro la gruesa puerta, seis veces aguanto los golpes pero tras la sexta echo un paso atrás y desenvaino mi espada en silencio para levantarla hacia la puerta. El orco lanza su séptimo golpe y la puerta se abre sin impedimento. Con un rechinar amargo la hoja va desapareciendo tras su armadura de cuero y cobres. El orco me mira sorprendido y en sus ojos leo que la vida se le acabó en este y en todos los mundos. Pongo mi mano en su pecho y retiro mi espada. El Ham-Arat cae de espaldas contra la arena. Su cuerpo produce un sonido sordo al caer en la arena.

Lo miro en silencio, casi parece humano. Lo cierto es que los Ham-Arat tienen poco que ver con los vulgares orcos de combate. Un recuerdo de pronto llama mi atención. Cuando dos Ham-Arat se intercambian un regalo este les une y uno de ellos es capaz de encontrar al otro esté donde esté, vivo o muerto. Mis ojos alertas recorren el cadáver del orco y se paran en el zarcillo que lleva en la peluda oreja izquierda. Echo una rodilla en tierra y retiro el circulo de plata labrado con anillos de su agujero. Salgo corriendo hacia el exterior y cuando llego a la entrada de la cueva lanzo el pendiente al mar.
Un poco más arriba los Ham-Arat peinan la colina buscándonos. Uno de ellos mira el mar con profunda mirada, algo le atrae pero sus ojos no reflejan ninguna acción mental. Se lleva la mano a la oreja izquierda y se quita uno de los pendientes que lleva. Es un circulo de plata con círculos labrados. Con un gesto despreocupado lo tira al mar. Luego se vuelve y sigue buscando. Todo ha ocurrido en su inconsciente y el orco
continua su misión sin darse cuenta de lo que acaba de hacer. Más abajo, mientras regreso a las profundidades de la cueva sonrió satisfecho por haber conseguido burlar al orco y a la mente maligna que trajo a los Ham- Arat a este mundo.

Al fin hallo la flor entre los recovecos de la roca. Es pequeña, sin color ya que nunca ha visto la luz, y sin más atractivo que su savia. La guardo en un bolsillo de mi túnica y tras murmurar el hechizo con el que saqué a la hija del Rey del peligro desaparezco de la cueva.

Estoy en un profundo bosque de robles. Junto a un fuego hay un camastro cubierto de pieles de oso y entre estas, la hija del Rey duerme. Yo murmuro mis hechizos mientras mis manos parten, machacan, abren, atan o exprimen cada ingrediente según la receta que durante innumerables generaciones innumerables magos han ido transmitiendo a sus aprendices.

Mi mente divaga, esta y las demás recetas que conoce no tienen nombre ni se recuerda siquiera quien fue el primero en hacerla. Por eso yo recuerdo a mi maestro, es el único nexo que tengo con mi conocimiento.
Veo la pira funeraria que levanté con dieciocho años sobre la isla del lago Cohir. Tardé dos años en llegar hasta allí. Dos años arrastrando en un carruaje el cuerpo embalsamado de mi maestro por el ancho mundo hasta cruzar las Montañas Doradas en pleno invierno pues la ceremonia funeraria tiene que ser realizada en la primavera naciente. Crucé el lago a nado, empujando sobre una balsa a mi maestro. Los maderos de la misma constituyeron la pira y después de una semana rogando a los dioses para que abrieran el camino por fin la pira se inflamó con un fuego mágico que yo no había provocado. Mantuve mis ojos bien fijos en las llamas para conservar hasta el último momento de aquel hombre que un día me comprara a mi padre por dos piezas de bronce. Con tal fortuna mi padre pudo seguramente superar el invierno que ya se había llevado a mi madre y que a mi, frágil ser de apenas cuatro años, iba devorando poco a poco.

Pongo la olla de barro sobre el fuego tras trazar sobre él el signo de la benevolencia y sólo entonces pienso en el Rey. Esta vivo sin duda y si sigue los sueños que he ido lanzando a su mente entonces llegara a este claro en cuatro días, menos incluso si consigue un caballo.

También veo a Ham-Arat. Ignoran donde estamos pero la mente que se esconde tras el sol ya me busca y probablemente hallará este lugar antes de la alborada. Eso no me preocupa, el bosque no permitirá que entre aquí su maldad. Cada roble fue plantado sobre las cenizas de un sacerdote de un culto desconocido que no nos ha dejado más que extraños signos sobre las rocas del bosque. Sólo la buena voluntad permite entrar en él.

El caldo hierve, paso mis manos entre sus vapores. Esta magia que despertará a la hija del Rey caldea mi sangre y alivia mis articulaciones. Demasiados inviernos durmiendo en la nieve mientras trataba de hallar mi lugar en el mundo. Por fin lo encontré en la casa del Rey y ahí acabaron las malas noches sobre hojarasca o enterrado en la nieve para protegerme del viento.

Jamás pregunté a mi maestro donde me había recogido, quienes eran mis padres, cual mi patria. Eso carecía de toda importancia para mi labor. Sólo soy un eslabón en el conocimiento del mundo y debo hallar a mi aprendiz antes de arder yo también en la isla del lago Cohir. Me levanto y le doy de beber a la hija del Rey. Con mi mano levanto su cabecita de ocho veranos y con la otra inclino la olla para que el caldo penetre en su cuerpecito. Ella tose y abre los ojos. Los míos entonces advierten que en su brillo hay un reflejo nuevo que hace que suspire aliviado. Sin saberlo he salvado a mi aprendiz de una muerte segura a manos de Ham-Arat y de la mente que se esconde tras el sol. Aunque el Rey haya perdido a su hija, pero eso carece de importancia para nuestra labor. Sólo somos eslabones.

– Levántate.- Le digo. – Debemos partir lejos. Yo te enseñaré todo lo que sé mientras llegamos a nuestro destino, al otro lado de las Montañas Doradas.- La hija del Rey parece comprender lo que digo ya que se echa una piel de oso sobre los hombros y me ayuda a recoger mis cosas, esparcidas en el claro del bosque.

los tentáculos del Sol
A tale borned in a rare dream, in the cold spring of this new year. Of sure
it’s a product of the Darzee Imagination to my lone reader and Love, Akela.

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